Guerrero y la primera civilizacion mesoamericana

Louise I. Paradis

Université de Montréal

 

Jaime, esta ponencia que se transformó en una contribución a un libro para ti, te la debo y te la dedico. Me diste mucho pero, sobre todo, me enseñaste a saber que la investigación implica problemas a resolver pero que si no se toman en cuenta y no se disfrutan los lugares y la gente con quien se hace, no vale la pena. ¡Espero haber oído bien!

itinerario olmeca

Mi interés por la cuestión olmeca empezó en 1966 cuando, siendo estu­diante, participé en las investigaciones de Paul Tolstoy en la cuenca de México. Publicamos un artículo en el cual definimos la cronología del Preclásico en la cuenca de México y determinamos que el estilo olmeca había aparecido hacia 1200 antes de nuestra era (aC) cuando se integró a los productos culturales de esta región que presentaban una larga y compleja historia previa (Tolstoy y Paradis 1970). Posteriormente, fue el sistema de representación olmeca que me llevó a Guerrero. En 1970, éste sólo se conocía en el estado a través de pequeños y hermosos objetos de piedra pulida que se encontraban en museos y colecciones privadas; también se conocían ejemplos de pintura rupestre en Oxtotitlán y en Juxtlahuaca pero, en todos los casos, se desconocía su contexto cultural y su fechamiento. El objetivo de mi proyecto de tesis doctoral fue tratar de encontrar artefactos de estilo olmeca en contextos arqueológicos, con el fin de verificar la hipótesis de Miguel Covarrubias, quien proponía que Guerrero era su lugar de origen. Después de un recorrido por los libros y en los lugares prometedores, elegí la región de Tierra Caliente, ya que una estela de estilo olmeca se había encontrado en el pueblo de Amuco de la Reforma (Grove y Paradis 1971). No logré verificar la hipótesis de Covarrubias, pero encontré figurillas de barro de estilo olmeca en un contexto residencial en el sitio aldeano de Amuco Abelino, con fechas de radiocarbono muy tempranas: 1530 aC ±230 y 1220 aC ±110 (no corre­gidas). Sin embargo, el contexto arqueológico y cerámico indicaba una fecha más reciente relacionada con el Preclásico Medio. Lo que sobre­salió de este estudio, entre otras cosas, es que el estilo olmeca en Tierra Caliente se integraba, como en la cuenca de México, a las culturas locales. No indicaba de ninguna manera una dominación ajena, sino más bien la participación en un sistema simbólico que abarcaba buena parte de las regiones mesoamericanas de esta época.

Christine Niederberger, Paul Tolstoy y otros como yo han tratado de aclarar los distintos sentidos dados al término “olmeca”: un complejo ar­queológico, un sistema de representación, una civilización (Niederberger 1986; Paradis 1974, 1982; Tolstoy 1989). “Olmeca” es el término otorgado al complejo arqueológico que se desarrolló en las tierras bajas de la costa del Golfo de México, en los estados de Tabasco y Veracruz, entre 1250 y 400 aC. La escultura monumental constituye su característica principal: cabezas colosales, altares­tronos, estelas y otras esculturas hablan del po­der de un arte naciente, pero ya complejo. Si se considera a esta región cultural en relación con otras que se desarrollaban en Mesoamérica en la misma época, se observa que es la primera en mostrar, a través de su monumentalidad, un alto grado de complejidad social, política y, sobre todo, ideológica. “Olmeca” es también el término dado a un sistema de representación que, por primera vez, codifica la ideología o cosmogonía de Mesoamérica. Este lenguaje simbólico que se expresa y se imprime en la piedra, la cerámica y la madera, entre otros, fue elaborado, compar­tido y enriquecido por esas regiones que participaban en una esfera de intercambio pan­mesoamericana en la cual circulaban bienes, personas e ideas: se ha nombrado “civilización olmeca” y forma la primera civili­zación mesoamericana.

Se manifiesta el sistema de representación olmeca en todas las re­giones culturales del territorio mesoamericano que se habían establecido alrededor de 1600 antes de nuestra era y que compartían el mismo modo de subsistencia agrícola y de establecimiento aldeano. Se han reconoci­do tres momentos en la historia de dicha civilización (Henderson 1979; Niederberger 1986; Paradis 1981, 1982, 1991; Tolstoy 1989): Olmeca 1, ca. 1250­900 aC; Olmeca 2, ca. 900­700/600 aC y Deculturación, ca. 700­500 aC.

Falta un consenso en lo que se refiere al origen de la codificación del primer sistema simbólico de Mesoamérica y de su significación para comprender la primera civilización. La razón principal es histórica y pro­cede de un uso erróneo por los arqueólogos del concepto de difusión. La difusión, de hecho, no es más que una observación sobre la distribución en el espacio y el tiempo de un rasgo o un estilo cultural. Nunca ha sido una explicación aunque ha sido utilizada como tal. En el caso de la pri­mera civilización mesoamericana, por ejemplo, muchos arqueólogos han sugerido que el sistema de representación había cristalizado en la región de San Lorenzo, Veracruz, y que su difusión se explicaba por la conquis­ta o la colonización del territorio mesoamericano. La segunda parte de esta afirmación queda por ser comprobada y hasta que se tenga datos firmes para hacerlo, no es aceptable. Frente a esta posición, la reacción es tal vez extrema, como la de los “difusionistas”; según sus postulantes, el primer sistema de representación de Mesoamérica, un sistema simbólico muy complejo, no solamente un estilo artístico, hubiera nacido al mismo tiempo en todas las regiones culturales de Mesoamérica. No creo que se pueda; nunca he visto un caso como éste en la historia de las civilizaciones del mundo e intentaré demostrarlo. Mi punto de vista es que las regiones culturales de Mesoamérica intercambian bienes, personas e ideas, desde hace mucho tiempo, por lo menos desde el principio de la vida aldeana y de la agricultura, y probablemente antes. Seguramente entre 1600 y 1250 aC lo hicieron también en lo que se refiere a la visión del mundo. Pretendo que todas las regiones culturales de Mesoamérica contribuyeron con ideas y elementos a este sistema simbólico pero que fue codificado por primera vez en San Lorenzo en 1250 aC al mismo tiempo que desarrollaba un sistema económico y político complejo como lo sugieren los numerosos ejemplos de monumentalidad, una jerarquía de sitios a cuatro o cinco niveles y relaciones con las otras regiones de Mesoamérica. Sugiero tam­bién que este sistema sirvió de lenguaje tanto ideológico como político entre las capitales regionales que se desarrollan a partir de 1000 aC en Veracruz (San Lorenzo), Tabasco (La Venta), Morelos (Chalcatzingo), Guerrero (Teopantecuanitlán) y tal vez un poco más tarde en Oaxaca (San José Mogote) (Cuadro 1, figura 1).

 

No ha dejado de interesarme la cuestión olmeca, pero mi itinerario de investigación me ha llevado a estudiar otros problemas fascinantes del Guerrero antiguo, como el estilo Mezcala y la tradición lapidaria de Guerrero. En lo que se refiere a la cuestión olmeca, después de mi tesis (Paradis 1974), publiqué “Guerrero and the Olmec” en 1981; nueve años más tarde, en 1990, y como consecuencia de un simposio organizado por Rebecca González Lauck, publiqué “Revisión del fenómeno olmeca”. Quince años después, en 2005, fui invitada, una vez más por Rebecca a discutir el mismo tema. Aproveché en mi reflexión los nuevos datos en la arqueología de Guerrero y en otras regiones de Mesoamérica; también tomé en cuenta las nuevas y antiguas interpretaciones sobre el fenómeno olmeca. Desde entonces he explorado los temas de la monumentalidad en el Preclásico Antiguo y Medio de Guerrero y del estatus político y arquitec­tónico (urbanización) de las primeras capitales de la civilización olmeca. Trataré aquí de integrar todos estos datos para esbozar una síntesis de la contribución de Guerrero a la primera civilización mesoamericana.

El estado de Guerrero constituye una unidad geopolítica reciente que fue creada en 1843; no hay relación entre el territorio moderno y su contrapartida prehispánica, como lo han dicho Paul Schmidt y Jaime Litvak (1986). En todas las fronteras del estado moderno se encuentran relaciones lingüísticas con los estados vecinos, por ejemplo: el Tarasco utilizado en Tierra Caliente, lo comparte con Michoacán; el Matlazinca, hablado en los límites norte de Guerrero se encuentra también en el Estado de México; mientras que el Mixteco, empleado hacia la frontera sureste de Guerrero, se extiende hasta Oaxaca. A pesar de esta situación, el Guerrero antiguo se ha definido como una de las regiones culturales de la esfera mesoamericana. Tanto desde el punto de vista de su desarrollo como de su historia, merece este estatus.

Desde el punto de vista de su desarrollo, el Guerrero antiguo comparte las características culturales de Mesoamérica: vida aldeana con base en la producción de maíz, calabaza y frijol, asociada con su tecnología lítica y cerámica; una participación activa en ejes de interacción complejos que incluye bienes, personas e ideas, tanto a nivel regional como interregio­nal; una complejidad sociopolítica que se manifiesta por su diversidad arquitectónica y artefactual y, finalmente, la participación en un sistema ideológico compartido. Guerrero no desarrolló esas características en un grado similar al de la cuenca de México o las tierras bajas mayas, por ejemplo; sin embargo, por motivos de desarrollo interno o integración a unidades sociales más complejas, compartió estas características fun­damentales con todas las otras regiones que forman parte de la esfera mesoamericana.

Desde el punto de vista de su historia, el Guerrero antiguo tiene una constante: desde su principio –que por el momento inicia con los con­cheros de la Costa Grande y se generaliza al territorio guerrerense en los principios de la vida aldeana en Mesoamérica (±1600 aC)– se define por la presencia de distintos grupos humanos que se distinguen arqueo­lógicamente por medio de sus prácticas y productos culturales. Desde el punto de vista arqueológico, esto implica el desarrollo de estilos artefac­tuales y arquitectónicos distintos y, desde el punto de vista etnohistórico, de grupos lingüísticos distintos. Así es que muchos investigadores han propuesto subdivisiones arqueológicas para el Guerrero antiguo, con base en características y distribución de artefactos (Armillas 1948; Lister 1955, 1971; Litvak King 1971; Schmidt y Litvak King 1986): Balsas Medio

o Tierra Caliente; Centro o Región Mezcala; La Montaña; La Sierra Ma­dre del Sur; Costa Grande; Balsas Bajo y Costa Chica. Estas sub­regiones permanecieron en contacto estrecho a lo largo de la historia del Guerrero antiguo, pero no hay indicios de que se haya desarrollado una centrali­zación económica o política como la que se observa en las áreas vecinas de la cuenca de México, de Michoacán o del valle de Oaxaca. Por último, hasta la fecha, y aunque haya ahora más evidencias para dudar de ello, no se encuentran testimonios del desarrollo del Estado, salvo cuando fueron incluidas unas de estas regiones dentro de formaciones estatales ajenas, tales como los Estados Mexica y Tarasco. Un último comentario relativo al Guerrero antiguo es que siempre mantuvo contacto con las otras regiones culturales de Mesoamérica, tanto con las vecinas como con las más distantes. La presencia de vestigios relacionados con las im­portantes tradiciones estilísticas mesoamericanas –olmeca, teotihuacana, azteca– sugiere una participación activa en las esferas de interrelaciones económicas, sociales e ideológicas que constituyeron el mecanismo de formación y de desarrollo de Mesoamérica a lo largo de su historia. También Guerrero produjo y exportó materias primas (cobre, cacao, sal, conchas y “piedras verdes”, entre otros), productos culturales (tradición lapidaria) y, posiblemente, sus conocimientos tecnológicos y artísticos más allá de sus fronteras.

El estilo olmeca está presente en todas las regiones culturales conocidas del Guerrero antiguo, salvo en el Balsas Bajo. Los artefactos olmecas proceden tanto de contextos arqueológicos controlados (unos 15 sitios hasta la fecha) como desconocidos. Ocurre en varias formas y materiales, ambas en el arte monumental (arquitectura, escultura, estelas, pinturas rupestres, obras hidráulicas) y en el arte portátil (figurillas y vasijas en cerámica, figurillas y otros ornamentos en piedra pulida). En la mayoría de las regiones de Guerrero, sin embargo, sólo representa una parte menor de los complejos arqueológicos locales. Se encuentran artefactos de distintos tipos y materias primas en la mayoría de las sub­regiones investigadas del territorio guerrerense y en diversos contextos políticos. Además, se ha encontrado una cantidad importante de objetos de piedra pulida que no tienen procedencia arqueológica y que forman la base de la hipótesis de Miguel Covarrubias, quien decía que el origen del estilo olmeca se encontraba en el Guerrero antiguo. A continuación se discutirá la cronología, la distribución y la naturaleza, de los artefactos de estilo olmeca en el Guerrero antiguo, así como el papel político de las socieda­des que los utilizaron y el tipo de integración que sugieren.

Aunque existen fechas de radiocarbono muy antiguas asociadas con la presencia del estilo olmeca en Guerrero, todo indica que aparte de unos escasos casos de cerámica del periodo Olmeca 1, entre 1200–1000/900 aC, fue durante el Preclásico Medio u Olmeca 2, es decir entre 1000/900 y 700 aC, que esta región participó con más intensidad en la civilización ol­meca. Esta conclusión coincide con hallazgos similares en Morelos, más precisamente los de Chalcatzingo y más recientemente de Zazacatla. Si aceptamos la premisa de que hubo dos etapas en el desarrollo de la civili­zación olmeca, entonces Guerrero, de la misma forma que Morelos, parti­ciparía con más intensidad en la segunda de éstas. Otros indicios apoyan esta propuesta: en el Guerrero antiguo, la cultura material asociada con la cerámica del Horizonte Blanco (double-line-break), la arquitectura y la escultura monumental se parecen a la de La Venta. Por otro lado, aunque la mayoría de los objetos de piedra pulida de estilo olmeca encontrados en Guerrero no estén fechados, el hecho de que objetos similares no aparezcan en el registro arqueológico de San Lorenzo, podría sugerir que no había mucha comunicación entre las dos regiones o que todavía no se producía este tipo de artefactos.

Los hallazgos de artefactos de estilo olmeca con contexto arqueológico se encuentran en el Balsas medio (Amuco Abelino, La Arboleda y Amuco Pueblo), el Centro (Atopula y Tlaxmalac, Teopantecuanitlan, Ahuelican, Xochipala y Coovisur, Oxtotitlan y Juxtlahuaca), en la Montaña (Cahua­ziziqui y Texayac), en la Costa Grande (Puerto Marqués, Zanja, San Je­rónimo) y en la Costa Chica. En otras palabras, se encuentran presentes en la mayoría de las regiones culturales conocidas de Guerrero. En la cate­goría de los artefactos olmecas sin contexto cultural, sobresale la región Mezcala (Ahuelicán, Mezcala, Xalitla, Zumpango del Río, Xochipala, Cañón de la Mano y Tlacotepec), con la producción de pequeños objetos de piedra muy pulidos. Otras dos regiones, pero sin haberse identificado sitios específicos, que presentan objetos de piedra pulida son de Tierra Caliente y del Pacífico (Costa Grande y Chica). En resumen, se puede decir que, aunque se encuentren artefactos de estilo olmeca en las distin­tas sub­regiones culturales de Guerrero, predominan en el área Mezcala o centro de Guerrero donde nace y se desarrolla la tradición lapidaria de Guerrero.

Se tienen abundantes indicios de monumentalidad en el Guerrero del Horizonte Olmeca 2: Teopantecuanitlán, con su arquitectura y escultura monumental, así como sus sepulturas y obras hidráulicas; Amuco, con su estela en contexto doméstico; Coovisur, con sus sepulturas y tumbas elabo­radas y, finalmente, Oxtotitlán y toda una serie de cuevas adornadas con pinturas murales. Se tiene evidencia para las dos formas de monumen­talidad, obras “prácticas” y “no prácticas”. Todas, sin embargo, tienen una característicaencomún:estánrelacionadasconelcódigosimbólicoutilizado por primera vez por la civilización olmeca. Mientras el código simbólico olmeca se encuentra en todas las partes pobladas del Guerrero antiguo, la distribución de las primeras obras monumentales se concentra en la cuenca del río Balsas Alto y Medio. Un sitio, Teopantecuanitlán, actúa como la capital de un territorio que hubiera incluido otros sitios con expresiones de monumentalidad. Hubiera actuado como centro donde recibía productos para redistribuirlos, productos que interesaban a las otras regiones de la esfera mesoamericana durante el Horizonte Olmeca.

2: concha de mar y cacao, procedentes del Pacífico (Papagayo­Omitlán­Balsas Alto); serpentina y piedra verde, procedentes del río Balsas así como obsidiana de Michoacán (Balsas Alto y Medio).

Fundamental para la comprensión del significado de los primeros ín­dices de monumentalidad en el Guerrero antiguo es su fechamiento. Dataría, por motivos estilísticos y contextuales más que por las fechas de radiocarbono, las primeras obras monumentales de Teopantecuanitlán, Amuco, Coovisur, Oxtotitlán y las otras cuevas con pinturas murales de estilo olmeca en el periodo Preclásico Medio u Horizonte Olmeca 2, es decir entre 1000/900 y 700 aC.

En esta época San Lorenzo había perdido su estatus de capital regional pero nacieron al menos otras cuatro capitales regionales en el archipiélago olmeca (término que tomé prestado de Robert Rosenswig): La Venta, Chalcatzingo, Teopantecuanitlán y San José Mogote. Por capitales, entiendo aglomeraciones humanas complejas (ciudades pre­industriales) incluyendo arquitectura monumental, áreas habitacionales y especializa­das. También entiendo cabeza de estructuras políticas complejas. Repre­sentan la generalización y el desarrollo de un patrón de complejidad, que apareció primero en San Lorenzo en el Horizonte Olmeca 1.

En el Horizonte Olmeca 1,elprimersistemasimbólicomesoamericano había sido codificado por lo menos hacía 200 años y estaba compartido por sus regiones culturales. Fue en el contexto de interacciones en y entre los habitantes de estas regiones que fue elaborado, transmitido y trans­formado. No es el lugar aquí para discutir su origen, pero es cierto que un sistema simbólico tan complejo tenía que estar codificado primero en un lugar a pesar de que las ideas hubieran podido venir de todas partes a través de los viajes y la transmisión oral. Y por la anterioridad de San Lorenzo en la complejidad social expresada, entre otros, por sus obras monumentales, elegiría el área como la que codificó primero este sistema simbólico. En esta época, ca. 1200 aC, también hay evidencia de la pre­sencia del sistema simbólico en el Soconusco y en el altiplano mexicano

Pero, en ningún lugar, aparte de San Lorenzo, se encuentran indicios de monumentalidad a este grado.

Entonces es en la segunda parte del Horizonte Olmeca, empezando alrededor de 1000 aC, que la complejidad social y la monumentalidad aparecen en cuatro regiones de Mesoamérica: Veracruz­Tabasco, con La Venta, Morelos, con Chalcatzingo; Guerrero, con Teopantecuanitlán y Oaxaca, con San José Mogote. Seguramente hubo otras que todavía que­dan desconocidas y quizás nunca se van a encontrar, como en la cuenca de México. ¿Cómo reaccionar ante esta situación? Entre las posibilidades, rechazo cualquier forma de conquista, colonización o la dominación política de La Venta sobre dichas áreas y Mesoamérica en general. Más bien, desarrollaría, con base en nueva evidencia arqueológica, lo que ha­bía inferido en mi tesis de doctorado (Paradis 1974, 1982). Las regiones culturales de Mesoamérica, nacidas con la expansión de la agricultura y la vida aldeana, se comunicaban e intercambiaban bienes, ideas y personas. Cada una de ellas se desarrollaba localmente o regionalmente, pero nun­ca aisladamente. Lo que se percibe son distintos ritmos en el desarrollo de la complejidad social. En las cuatro regiones donde aparece prime­ro, están acompañadas por obras monumentales inscritas en el código simbólico olmeca. Pero, por una parte, este código ya era conocido y no fue impuesto; por la otra, cada caso es único: su cultura material refleja continuidad con su propia historia regional. El código olmeca sirvió, entre otros, de lenguaje del poder, el poder político e ideológico, entre los dirigentes de las capitales La Venta, Chalcatzingo, Teopantecuanitlán y San José Mogote.

Los artefactos olmecas se integran a las producciones locales y constituyen las primeras manifestaciones de un sistema ideológico compartido con las otras regiones de Mesoamérica. Sirven para reforzar las identidades de las regiones sub­regiones y lo hacen a varios niveles: social, político y/o ideológico. El nivel sociopolítico en el cual se encuentran parece dictar el papel específico que desempeña el simbolismo olmeca y, en este sentido, se puede decir que los artefactos olmecas tienen un carácter polisémi­co. Así es que en Teopantecuanitlán, es claro que la arquitectura y los monumentos desempeñan un papel político importante, es lenguaje de poder, mientras en Amuco Abelino actúan en el marco de los rituales domésticos.

Entre las aportaciones de Guerrero a la civilización olmeca, se puede con­siderar bienes naturales como la piedra verde (serpentina), las conchas y otros productos marinos del Pacífico, los cuales sirvieron de soporte para la expresión ideológica olmeca. También se puede pensar que al­gunos productos como la sal, el algodón o el cacao que, aunque no sean estrictamente “olmecas”, fueron intercambiados con regiones vecinas o lejanas de Guerrero durante el Horizonte Olmeca. Asimismo, sobresale la tradición lapidaria de Guerrero con la producción de pequeños objetos de piedra dura y pulida. Esta tradición nace y se desarrolla en la región Mezcala ubicada en el centro de Guerrero. Inicia con la producción de objetos estilísticamente olmecas y seguirá desarrollándose en diversos estilos, unos locales, como el estilo Mezcala, y otros demostrando rela­ciones con regiones culturales ajenas, como Teotihuacan.

Miguel Covarrubias tuvo, una vez más, una brillante intuición acerca de la producción lapidaria en estilo olmeca: propuso que en Guerrero se en­contraba el origen del estilo olmeca, debido a la cantidad de objetos pulidos de estilo olmeca procedentes de estado, aunque sin contextos arqueológicos. Hoy, todos estamos de acuerdo en rechazar la supuesta anterioridad del estilo olmeca en Guerrero, con base en las fechas radiométricas asociadas a los hallazgos no sólo en esta entidad sino también en otras partes de Me­soamérica. Sin embargo, nadie puede negar la importancia y la maestría del arte lapidario guerrerense y su asociación con la civilización olmeca, probablemente durante el Horizonte Olmeca 2 o Preclásico Medio. Sin lugar a dudas, fue la contribución principal de Guerrero a la civilización olmeca y a las posteriores.

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